BIBLIOGRAFÍA

Guerrilla, contraguerrilla y delincuencia en la Andalucía Napoleónica (1810 – 1812). Tomo I. Consideraciones Generales.
AUTORDiaz Torrejón, Francisco Luis
EDITORIALFundación para el desarrollo de los pueblos de la Ruta del Tempranillo, Lucena (Córdoba) Castillo Anzur. Fundación para el Desarrollo de los Pueblos de la Ruta del Tempranillo. Córdoba.
AÑO2004
TEMAGuerrilla
ÍNDICE
PRÓLOGO. I.
INTRODUCCIÓN

Andalucía durante la crisis del Antiguo Régimen
- Marco geográfico. Comunicaciones.23
- Población y sociedad.29
- Ejército y clero.32
- Economía: agricultura y comercio. 39
- Seguridad pública.44

Capítulo 1

Guerra al francés
- Introito. 25
- Primera manifestación popular: Madrid se levanta. 26
- Andalucía en rebelión. 36
- Participación popular en las primeras acciones militares: Alcolea y Bailén. 74
- La otra cara de la moneda. 97

Capítulo II

La manifestación guerrillera
- Precedentes históricos. 101
- Resurgimiento del fenómeno guerrillero. 107
- Guerrilla: aclaración semántica.114
- Pretensiones legislativas: reglamentos, instrucciones y órdenes.117

Capítulo III

Guerrillas en acción
- Naturaleza de las guerrillas. 133
- Planteamientos tácticos. 143
- Composición de las guerrillas y calidad de sus miembros.149
- Liderazgo: cabecillas y jefes. 161
- Instigación y colaboración popular.163
- Objetivos y pertrechos.171

Capítulo IV

Las guerrillas en Andalucía
- Introducción al fenómeno guerrillero andaluz.179
- Andaluces y franceses cara a cara. 181
- Primeros pasos del movimiento insurgente en el sur peninsular.196
- Consolidación y realidad de la guerrilla andaluza.204

Capítulo V

La respuesta napoleónica
- El Señor de Andalucía. 209
- Ordenación militar de la Andalucía napoleónica.222
- Contraguerrilla: medidas militares y paramilitares.234
- Disposiciones represoras complementarias.249

CAPÍTULO VI

La Justicia bonapartista
- Instrumentos judiciales: Comisiones Militares y Juntas Criminales Extraordinarias.263.
- Órganos al servicio de la Justicia: Comisarías de Policía y Juntas locales de seguridad.278
- Sentencias y penas.287

CAPÍTULO VII

Entre el patriotismo y la delincuencia
- A dos caras.299
- Criminalidad en la Andalucía prenapoleónica: influencia sobre el movimiento guerrillero. 307 - El brigand en la propaganda bonapartista.319

FUENTES DOCUMENTALES.329
BIBLIOGRAFÍA.331
CLAVES y ABREVIATURAS USADAS EN LAS NOTAS.351
COMENTARIOS
“Guerrilla, contraguerrilla y delincuencia en la Andalucía napoleónica (1810-1812) es un título suficientemente expresivo. El libro desarrolla el título. Francisco Luis Díaz Torrejón es un autor ducho en la materia, ya muy conocido por otros libros y contribuciones científicas. En la presente ocasión creo que creará escuela. Su interés ha sido primero la averiguación y luego la exposición del tema propuesto. Antes que nada ha tenido que combatir la creencia falsa, que decía que en Andalucía no había habido guerrillas. No sé quién fue el primero que lo dijo, pero el caso es que para muchos, semejante insensatez se había convertido en artículo de fe. En España, y también fuera de ella, a alguien con supuesta autoridad se le ocurre decir una tontería, y ya todo el mundo la repite como algo indudable. Es lo que se llama el servum pecus. Ortega y Gasset, por ejemplo, escribió en una ocasión que en España no había libros de memorias, y la frasecita quedó incorporada en la mentalidad nacional, hasta hace muy poco que ha comenzado a cambiar. De nada nos sirvió el famoso refrán de «Lo dijo Blas, punto redondo». Algunos libros recientes han contribuido a remachar el clavo, por ejemplo el de John L. Tone: La guerrilla española y la derrota de Napoleón, Madrid 1999, que trata casi sólo de la guerrilla navarra, y sin embargo por necesidades comerciales la traducción castellana ha puesto española en donde el texto original decía in Navarre, haciendo así un mal servicio al autor. En esta obra figura el Empecinado, claro, y la batalla de Bailén, pero por lo demás Andalucía desaparece, lo mismo que otras regiones de España.
De manera que Díaz Torrejón se propuso reobrar contra corriente, no por llevar la contraria a nadie, sino por ser fiel a los documentos que en cantidades ingentes, uno tras otro, iba descubriendo y analizando. Sorprende en este libro, tan rico, la sobriedad con que todo está contado. Como verá enseguida el lector, el libro empieza con unas consideraciones sobre la crisis del Antiguo Régimen en Andalucía, con un capítulo sobre Marco geográfico y comunicaciones, población y sociedad, ejército y clero, agricultura y comercio y seguridad pública. Cada uno de estos acápites podría haber sido un libro. El talento de Díaz Torrejón consiste en reducir su extensión a términos manejables, y decir lo esencial, de forma clara y convincente, sin que se le desbaraten los conceptos, y sin perder nunca de vista que su tema es la guerrilla. Este equilibrio de proporciones va a durar todo el libro. Es uno de sus mayores atractivos. Uno piensa en alguna de esas geografías previas, de libros muy famosos, en las que el autor parecía empeñarse en demostrar que era imposible la existencia de vida humana en la Meseta castellana; tras ello, ya olvidado de la geografía, empezaba el libro, en gran parte sobre hechos acaecidos en Castilla.
Sabia parsimonia es también el método de Díaz Torrejón, cuando pasa a hablar específicamente del conflicto. Tras unas páginas de presentación de la guerra de la Independencia en sí, y del profundo sentido del 2 de mayo madrileño, la mirada se vuelve a Andalucía, y ya no será abandonada. Primero, las muestras de rebelión que se dan en esa tierra a partir de 1808, y la participación popular en las acciones militares, siempre antes de la ocupación napoleónica. E inmediatamente, para que nadie se llame a engaño, nos sale al paso «La otra cara de la moneda», es decir, la numerosa presencia de personas y personajes que aprovechan la conmoción general para medrar, sin más mira que su interés particular. La guerra de la Independencia había sido descrita tradicionalmente como una gesta épica, y el pueblo español, que la encarnó, como un conjunto de seres esforzados, puros y heroicos. Hubo algo de esto, evidentemente, pero no todos fueron iguales, ni el heroísmo llegó a hacerse casi mineral. Bien está que nos santigüemos a tiempo. Y más, que los difusores de la conseja heroica, solían pertenecer al gremio de los aprovechados o logreros. Algo así como Estebanillo González en la célebre novela. Hay otro adjetivo que conviene a estos personajes, el de oportunistas, pero tengo para mí que estando, como estamos saliendo del Antiguo Régimen, oportunista parece demasiado político, cuando el mundo al que vamos a asistir conlleva un sello de gran primitivismo.
La caracterización del movimiento guerrillero es la siguiente etapa en este libro. Parece ser que lo hubo ya en tiempos remotos, pero el autor, que lo señala, pasa muy rápidamente por todos los precedentes en las épocas prerromana y romana –Viriato–, medieval cristiana y musulmana. Díaz Torrejón indica, al pasar, un dato que volverá a repetirse, el del abigeato, pero, como digo, no se detiene en erudiciones arcaicas. Atiende más a otras líneas definitorias: el fenómeno guerrillero resurge con la guerra de la Independencia, y aunque hay que señalar la presencia del pueblo en las grandes batallas campales de los comienzos, no es menos cierto que el fenómeno de la dispersión hace perder a los ejércitos regulares una gran parte de sus efectivos. Se llamaba dispersos a los militares que abandonaban sus unidades: muchos irán directamente a la guerrilla, otros se integrarán en el dilecto mundo de la ociosidad.
Distingue el autor las diversas acepciones de guerrilla, fijándose en el dato de que la guerrilla propiamente tal no puede ser muy numerosa. Aunque el concepto es antiguo, insistir en él supone arrojar de la nómina guerrillera a personajes tan caracterizados como Espoz y Mina, el Empecinado o Julián Sánchez el Charro, que llegaron a mandar miles de hombres. Estos y otros como ellos sólo por el origen son guerrilleros. Me atreveré a disentir ligeramente de esta aseveración: es verdad que en la inmensa mayoría de los casos el corto número es fundamental, porque de él depende la rapidez de la acción. Me parece, sin embargo, que en las grandes unidades de origen guerrillero, fuera de Andalucía, el método no ha cambiado, la rapidez, la sorpresa, la utilización de los recursos geográficos, y más cuando los grandes capitanes confían una parte de las fuerzas a sus segundos, los cuales actúan así en completa autonomía, aunque en combinación con el conjunto. Pero debatir en este momento cuestiones extra-andaluzas quizá sea irritante.
Pasa después el autor a hablar de las «pretensiones» legislativas. Los poderes públicos conocen la importancia de las partidas guerrilleras, se dan cuenta de que de ellas depende su propia salvación, pero quieren regularlas, es decir, controlarlas. Son varias las normas reguladoras, en las que se evidencia la preocupación, sobre todo, de no caer en el mal endémico de la anarquía. Leyes y normas interesantes, sin duda, pero como tantas otras en España fracasaron en su cumplimiento.
Estudia el autor lo que llama el «cajón de sastre» de las partidas de guerrilla, en las que cabe de todo, el patriotismo inicial que las mueve, la presencia molesta para las patrióticas de otras formaciones entregadas a la delincuencia, aunque oficialmente pretendan ser otra cosa, las partidas llamadas de Cruzada, la aparición de jefes o cabecillas, etc. Recoge el autor aquello de «Viva Fernando y vamos robando», que resume muy bien una de sus máximas preocupaciones. Es curioso: esta misma frase la había encontrado yo, como formando parte de la parafernalia liberal enfrentada al Rey Felón. El dato, por lo menos, indica la dirección de las tendencias ideológicas.
La participación popular en la guerrilla, o su colaboración, y las consecuencias punitivas que acarrea, es otro de los puntos debatidos por Díaz Torrejón; y al mismo tiempo es uno de los temas básicos en la literatura polemológica. Lo extraordinario es que los datos españoles se adelantan con mucho a los de otros países. La misma comparación se establece entre la ayuda en armamento, pertrechos y munición que proporciona Inglaterra, con las ayudas proporcionadas por este mismo país durante la Segunda Guerra Mundial (aunque los conflictos pueden ser muy diferentes).
La conflictividad antifrancesa de los primeros momentos de la guerra, da paso ya en mayo 1810 a una clara insurgencia, preconizada por el mismo Supremo Consejo de Regencia. Esta situación provocó una respuesta napoleónica, estudiada por Díaz Torrejón en las personas de los militares dirigentes, sobre todo de Soult, que se hizo el dueño de todo, bien a pesar del Rey José, quien no quería ser reducido a un papel decorativo; estudiada también en la estructura administrativa de la Andalucía ocupada, y en el establecimiento de la contraguerrilla, tanto estrictamente militar, como legislativa, intimidatoria y propadandística. Capítulo muy especial de la intimidación es la actuación de la justicia imperial, que pasa de una increíble dureza, para que sirva de ejemplo, a momentos de generosidad y perdón, a fin de conseguir lo mismo. Si no fuese redundancia, ya que estoy hablando de este libro, y no de otro, diría que todos estos capítulos son de una gran riqueza y novedad.
El capítulo final del primer tomo plantea el tema básico de todo el libro: la diferencia entre patriotismo y delincuencia. Para las autoridades francesas no hay duda: todos los guerrilleros son brigands (o brigantes, como llegó a decirse en España), es decir, bandoleros. El autor, que conoce la importancia de la propaganda, no está dispuesto a pasar por sus horcas caudinas, y por ello, con infinita paciencia, delimita los campos: delincuentes de derecho común, a veces perseguidos por ambos bandos contendientes, por un lado; patriotas, por otro. Pero hay zonas intermedias: delincuentes reconvertidos en patriotas, como fue el caso en Castilla del famoso Saturnino Gómez Abuín, el Manco, teniente del Empecinado, que acabó traicionándole, y muchos otros; o bien patriotas, que por la dureza de su vida, por la necesidad de subvenir a sus necesidades, o, diríamos, por autopropulsión de una vida de violencia, acaban extorsionando a los connacionales, a los que teóricamente defendían. Los ejemplos abundan en toda España. En Andalucía también. El problema es grave. Por una parte, si se consienten los abusos, el pueblo se pondrá en contra de las partidas, como en muchos sitios ocurrió. Pero si se castiga a los guerrilleros culpables, puede originarse una situación de enfrentamiento entre las diversas fuerzas patrióticas, que redunde en beneficio del enemigo. El general Pedro Agustín Girón, futuro marqués de las Amarillas, se ve obligado a dar una proclama, Valencia de Alcántara 20 septiembre 1811, dirigida a los comandantes, oficiales y soldados de los escuadrones francos y partidas del distrito quinto y sexto, para que no interpreten la próxima llegada del mariscal de campo Carlos de España, o de cualquier otro oficial superior, en el sentido de que vienen a juzgar los supuestos excesos de los guerrilleros. No hay tal cosa. La especie ha sido difundida por los enemigos. Girón trata de evitar así el aludido enfrentamiento entre los defensores de la Patria, pero al mismo tiempo, poniéndose como referencia, afirma su autoridad sobre el movimiento guerrillero.
El tomo II aporta un impresionante elenco de guerrilleros, contra-guerrilleros y delincuentes netos, que operaban en la época napoleónica en todas y cada una de las ocho regiones naturales, en las que aparece dividida Andalucía, desde Sierra Morena hasta Huelva. Cada una de ellas viene precedida por una descripción geográfica, con la misión, lo mismo que en la primera parte, de ayudarnos a comprender, en lo que respecta al medio, las peripecias humanas que allí van a desarrollarse. Aquí están las partidas patrióticas, en las que el autor no oculta, cuando existen, sus tendencias depredatorias (se entiende, contra los bienes y personas nacionales). Siguen marcha las diversas unidades contrainsurgentes, creadas por los franceses, y protagonizadas por ellos mismos y por los españoles colaboracionistas. Finalmente aparecen lisa y llanamente delincuentes, entendiendo por tales aquellos que cometen fechorías, pero jamás han sido responsables de ninguna acción patriótica. Son los que en el marco de la guerra de la Independencia siguen lo que el clásico llamó la «desordenada codicia de los bienes ajenos». Son los de siempre, y en esta época de transición entre dos sistemas, muy abundantes en toda España, y en toda Europa; pero no: hago mal al decir que son los de siempre, porque también a ellos la guerra les ha alterado la fisonomía.
Al final del recorrido Díaz Torrejón saca sus conclusiones. Después del arduo trabajo, ese impresionante número de archivos visitados, libros españoles y extranjeros, periódicos y folletos, etc., viene bien un momento de meditación sobre la propia labor. Con ello termina mi papel de introducción. Ya puede levantarse el telón. No es pequeño privilegio haber sido, y ser todavía, el primer espectador.”(Alberto Gil Novales)

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