BIBLIOGRAFÍA

Jose Napoleon I en el sur de España. Un viaje regio por Andalucia (enero-mayo 1810)
AUTORDiaz Torrejon, Francisco Luis
EDITORIALCajaSur Publicaciones
AÑO2008
TEMAGdI
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Lro publicado por la Fundación CajaSur y por el FORO PARA EL ESTUDIO DE LA HISTOPORIA MILITAR DE ESPAÑA. Su autor, Francisco Luis Diaz Torrejón, es sevillano de Osuna. Desarrolla su vida profesional en Granada, donde vive. Investigador consagrado durante más de veinticinco años al estudio de la ocupación napoleónica, episodio histórico que aborda y analiza en sus más variados aspectos: político, militar, económico, social, eclesiástico, administrativo, etc. Es el investigador más estudioso de los archivos andaluces en las últimas décadas. Conferenciante y ponente, es autor de numerosos aritículos, entre ellos: <>, <> Ante todo hay que decir que José Napoleón I en el sur de España es un riguroso libro de historia con toda la carga científica que permiten las fuentes documentales y bibliográficas disponibles, pero, siendo en este caso su protagonista –José Bonaparte– además de rey un viajero, la obra tiene también el carácter de un libro de viaje.
Este estudio trata monográficamente de la historia –no la crónica– completa y plena de matices del viaje que el rey José realiza a Andalucía entre enero y mayo de 1810, es decir, del único viaje institucional –aunque comenzara como una expedición militar– que este monarca hace durante su azaroso reinado.
Según el autor, no ha sido fácil coleccionar las noticias referentes al viaje regio de José por tierras andaluzas y no lo ha sido porque, además de escasas, se hallan dispersas y en pequeñas dosis. Quizá esto justifique que los historiadores miraran de soslayo al evento, aunque por su exclusividad e importancia hace tiempo que merecía mayor atención. Más de treinta y cinco archivos locales de Andalucía –municipales, eclesiásticos, protocolos y universitarios– han sido consultados, además de otros muchos nacionales y extranjeros, y las noticias en ellos recabadas, constituyen el filón documental sobre el que se sustenta este libro. En definitiva, los instrumentos documentales y bibliográficos utilizados en este estudio son de muy distinta índole y proceden tanto de fuentes francesas como españolas, según consta en las casi mil quinientas notas que aparecen al pie de sus páginas.
Este trabajo es –al cabo de doscientos años– el primer libro dedicado monográficamente al periplo andaluz del rey José.
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Después de la cascada de triunfos napoleónicos acaecida durante la segunda mitad del año 1809, y particularmente después de la batalla de Ocaña, José Bonaparte –entonces rey de media España con el título de José Napoleón I– tiene ocasión de expandir su raquítica soberanía hacia otras latitudes y sobre todo hacia Andalucía, región vedada al poder napoleónico desde el desastre de las armas imperiales en los campos de Bailén año y medio antes. El rey José no sólo desea agrandar su corona con la incorporación de Andalucía al Estado bonapartista, sino que anhela, al mismo tiempo, resarcir a su hermano –el omnipotente Napoleón– del tremendo disgusto de la derrota de Bailén, a la que siempre había considerado, en un gesto de prepotencia, como una fatal desgracia del destino.
Durante la primera semana de 1810, las fuerzas destinadas a la expedición de Andalucía comienzan a movilizarse y, al efecto, las tropas de tres cuerpos imperiales –I, IV y V– se concentran en distintos puntos de La Mancha bajo las órdenes de los mariscales Victor y Mortier y el general Sebastiani de la Porta, mientras que los efectivos de una División de Reserva emprenden la marcha desde Madrid mandados por el general Dessolle. Todo este aparato militar, compuesto por sesenta mil hombres, echa a andar bajo el mando unificado y supremo del mariscal Soult.
El lunes 8 de enero de 1810, José Napoleón I sale del Palacio Real y a las nueve de la mañana sube a un coche dispuesto a cubrir la primera etapa del largo viaje que tiene por delante. Ni siquiera el monarca puede presuponer entonces la duración del viaje y en prevención había dispuesto la compañía de un numeroso séquito, porque entretanto, quizá deba atender a cuestiones políticas y militares. Junto a la servidumbre palatina y al cuerpo de edecanes–encabezados por el conde de Melito y el general Merlin–, la comitiva incluye a una docena de consejeros de Estado, a una considerable nómina de altos funcionarios y sobre todo a parte del gabinete ministerial, pues José no tiene intención de interrumpir las obligaciones gubernamentales. Marchan junto al rey los titulares de cuatro carteras: Mariano Luis de Urquijo, ministro secretario de Estado; Miguel José de Azanza, ministro de Negocios Eclesiásticos; Gonzalo O´farrill, ministro de la Guerra; y José Martínez de Hervás, marqués de Almenara, ministro del Interior.
Después de varias etapas de transición por La Mancha, la caravana real encara Sierra Morena y a primera hora de la tarde del sábado 20 de enero de 1810, José Bonaparte cumple el deseo de pisar, por primera vez en su vida, el suelo de Andalucía. Pocas horas antes, las tropas imperiales que le preceden habían ganado las posiciones en aquellas alturas a una frágil resistencia española y los caminos estaban ya expeditos.
No son precisamente muy alentadores los primeros pasos dados por José Bonaparte en Andalucía, porque el primer pueblo que encuentra en el camino presenta un aspecto desolador. Cuando llega a La Carolina con la intención de pernoctar, el rey percibe en sus calles los penosos estigmas de la guerra, pues el miedo, el saqueo y el fuego pintan la imagen de un pueblo fantasma.
En la jornada del 21 de enero de 1810, la comitiva regia se interna en un territorio de infaustos recuerdos en la memoria napoleónica, porque transita por los campos que año y medio antes –el 19 de julio de 1808– fueron el escenario del revés sufrido por el ejército del general Dupont de l´Étang. En estos parajes aún parecen suspendidos en el aire los ecos de la derrota de Bailén y el rey José no puede sustraerse de semejante pensamiento. Pesan los recuerdos y su mente está acosada por el negro espectro de aquella desgracia militar. Nadie como José había pagado tan alto precio por el fracaso de Bailén, pues pierde, por su culpa, el crédito real e incluso personal ante Napoleón. No cabe duda de que este marco geográfico afecta a José Bonaparte y, de hecho, pasa de largo y sin detenerse –como si fuera una huida liberadora– en Guarromán, donde reposan los restos del prestigioso general Gobert, muerto durante los prolegómenos de dicha batalla.
No son agradables las primeras experiencias de José Bonaparte en tierras andaluzas y no lo son solamente por culpa de evocaciones dolorosas de un pasado reciente. Hay otros motivos y el más preocupante de ellos es la pasiva actitud pública, traducida en fríos recibimientos. La indolente disposición de los vecindarios puede ser considerada como un rechazo a la monarquía bonapartista y eso es serio motivo de preocupación.
Sin embargo, las esperanzas de José reverdecen en Córdoba cuando autoridades locales y pueblo explosionan en encendidas demostraciones de bienvenida. El sueño comienza a hacerse realidad y las incertidumbres van paulatinamente desvaneciéndose a la par que se transita por Écija y Carmona hacia Sevilla, donde la situación se reafirma. La entrega de una ciudad que hasta poco tiempo antes había sido capital de la España patriótica despeja muchos interrogantes e infunde la mayor confianza en los ánimos de José Napoleón I y de todo el partido bonapartista. Por tantos testimonios de júbilo, Sevilla se declara abiertamente josefina y a tenor de las notorias adhesiones, hay quienes ven el inminente final de la guerra.
Sólo empaña el venturoso devenir de esta primera parte del viaje andaluz la tenaz negativa de Cádiz y de la Isla de León a franquear sus puertas al rey José e impedirle el paso triunfal, a diferencia de las poblaciones precedentes.
Salvo esta contrariedad, la historia del primer mes de viaje por Andalucía es una crónica rosa colmada de recibimientos oficiales, celebraciones solemnes y regocijos públicos. Ni siquiera localidades de las abruptas serranías como Arcos de la Frontera y Ronda escatiman atenciones a José Bonaparte, pese a la presión y proximidad de los numerosos santuarios guerrilleros establecidos en aquellas alturas. No deja de ser paradójica la situación de tantos pueblos que, aun detestando a las tropas francesas, aclaman a un rey francés.
Nada perturba el feliz curso del viaje hasta que una preocupante noticia llega a los oídos de José Bonaparte y de cuantos le siguen física e ideológicamente. José no puede permanecer impasible ante el Decreto Imperial –promulgado por Napoleón el 8 de febrero de 1810 en París– que dispone la anexión a Francia de las provincias situadas al norte del río Ebro, porque el proyecto implica una amputación territorial de la corona española y viene a añadir un nuevo elemento de inestabilidad a su inconsistente trono. José ya no puede apartar de la cabeza tan grave cuestión y la inquietud subsiguiente le impide disfrutar del viaje como lo había hecho hasta entonces. La estancia real en el sur de España ya no será igual, como tampoco será igual la respuesta de los vecindarios por la desconfianza derivada del precepto napoleónico.
Aun así, los habitantes de Málaga, Granada y Jaén no le dan las espaldas y el rey José todavía es aplaudido como si tuviera en sus manos la solución del problema. Pero la solución que el monarca puede ofrecer al asunto es sólo una impugnación de conciencia, que radica en su negativa a consentir la desmembración de la monarquía. Por reparos éticos, está decidido a renunciar a la corona si Napoleón no da marcha atrás en sus pretensiones anexionistas. Tiene que responder con energía a semejante atentado, si quiere preservar su imagen ante los súbditos españoles. Por ello, durante su permanencia en Granada, comisiona al ministro Miguel José de Azanza como embajador extraordinario para tratar con Napoleón en París sobre una cuestión, tenida por un gravísimo problema de Estado.
Aunque todavía José Bonaparte permanece durante algún tiempo en tierras andaluzas, este asunto termina precipitando su regreso y el de su séquito a Madrid, donde –después de un meteórico viaje de vuelta– llega de incógnito en la tarde del domingo 13 de mayo de 1810.
Concluye así un viaje que, aun empezando como una expedición militar, se convierte en un periplo institucional que reverdece las ilusiones de José Napoleón I, porque nunca hasta entonces se había sentido soberano en pleno triunfo. El mayor caudal hallado por José en Andalucía es la ilusión, porque en ningún otro sitio había sentido tan firme la corona sobre sus sienes como en estas latitudes. La sumisión de las autoridades y la ferviente entrega de los pueblos conllevan un reconocimiento nunca disfrutado hasta entonces, de manera que es aquí donde su dignidad regia adquiere mayor carácter y alcanza mayor dimensión. Sin ningún tipo de complejo, José Bonaparte se cree en Andalucía rey de España hasta que su hermano se encarga de devaluarle este sentimiento. En resumidas cuentas, la grata experiencia andaluza de José Napoleón I es la historia de una realidad efímera y la frustración de un sueño que pudo haber sido y no fue.

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