BIBLIOGRAFÍA

Mater Dolorosa. La idea de España en el Siglo XIX
AUTORAlvarez Junco, Jose
EDITORIALTaurus, Madrid
AÑO2001
TEMAHistoria politica
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COMENTARIOS
RESEÑAS Revista Trienio nº 31 (mayo 2002)

J. Álvarez Junco,'Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX, Taurus, Madrid, 2001, 684 pp.

La gran aportación de este libro consiste en dar una visión global, sin complejos, sobre la evolución del nacionalismo español a lo largo del siglo XIX, cuyas directrices básicas ya había propuesto anteriormente el autor en "El nacionalismo español como mito movilizador. Cuatro guerras" (R. Cruz y M. Pérez Ledesma (eds.) Cultura y movilización en la España contemporánea, Alianza Universidad, 1997, pp. 35-67).
Quizás, el término que se utiliza habitualmente para delimitar este concepto, el de "españolismo", tiene unas connotaciones en ocasiones negativas, un tanto despreciativas, como frecuentemente suelen utilizar algunos políticos para calificar y demonizar al nacionalismo español. Fue tan pesada la losa que impuso el franquismo respecto al nacionalismo español, excluyente de los otros nacionalismos, que todavía existe entre la izquierda llamada "progresista" un cierto complejo de inferioridad a la hora de abordar este tema.
Durante muchos años se ha negado en ciertos ambientes intelectuales, e incluso entre historiadores, la utilización del término España y se ha preferido elide Estado, aparentemente más neutral, capaz de expresar mejor la pluralidad nacional. Cuestión que ha ocupado en los últimos tiempos un lugar preferente en el debatido tema de las llamadas "Humanidades".
J. Álvarez Junco se mueve en al ámbito de la historia cultural, terreno muy propicio para analizar la temática del nacionalismo español y sus manifestaciones más importantes. Es un libro, por tanto académico, reiterativo en muchos aspectos, como la gran importancia que le concede el autor a la llamada Guerra de la Independencia de 1808-1814, que desveló la conciencia nacional a los españoles en la contemporaneidad. Y como no hubo más guerras de este calibre a lo largo del siglo, parece que el nacionalismo español quedó aletargado hasta el 98, cuando se produjo el trauma de. la conciencia nacional. Entonces se volvió reactivo, no integrador, unitario y autoritario, proclive al militarismo frente al peligro "separatista" ( p. 601).
El libro está estructurado en cuatro bloques. El primero versa sobre "Los orígenes de la identidad moderna": el patriotismo étnico, los condicionamientos de la herencia recibida y la Guerra de la Independencia como comienzo de la nación en marcha. El segundo trata sobre la nacionalización de la cultura: la historia nacional como "memoria colectiva", y las artes y las ciencias, en apoyo de la nación. El tercero analiza la visión impuesta por el conservadurismo español como señas de identidad, del catolicismo secular tridentino al neocatolicismo de la Restauración canovista. Finalmente, el cuarto bloque contempla los éxitos y fracasos del nacionalismo español a lo largo del siglo XIX: el imperialismo, ligado a los proyectos de la Unión Liberal de O'Donnell, y el Iberismo de raíz republicana, así como los instrumentos de nacionalización de las masas (educación, servicio militar, símbolos y monumentos), y la crisis del 98 que supuso el nacimiento de identidades que rivalizaron con la española.
La historia contemporánea de España no es tan diferente a la de otros países de nuestro entorno en cuanto a la afirmación de su propia identidad, aunque no negamos que tenga aspectos diferenciados. El proceso secular de conformación de esta identidad giró alrededor de la monarquía y de la religión. Fue en el siglo XIX con la Revolución liberal cuando se creó el moderno concepto de nación y se emprendió la construcción de los mitos y símbolos de la nación, que se expresaron como en el resto de los países a través de la historia oficial, la literatura, la música y el arte.
Hay que superar el viejo tópico del fracaso de la Revolución liberal española. En España se produjo una ruptura violenta con el Antiguo Régimen, y, a pesar de que tuvo lugar en un período dilatado de tiempo, ofrece rasgos específicos más cercanos al de la Francia revolucionaria de 1789 que a los de la Alemania o Italia decimonónicas. De los estudios más recientes sobre la Revolución liberal en España se deduce que no fue simplemente un proceso de centralización creciente y uniformismo. Nada se hizo sin la colaboración de las élites locales de los distintos territorios y provincias. En todo caso, contrariamente a lo que afirma el autor, no estamos ante una revolución simplemente elitista, al margen del pueblo, si no ¿cómo se explica el radicalismo revolucionario de los años 30 y 40 o la explosión "democrática" de la "Gloriosa" al aceptar el sufragio universal la Constitución de 1869?
En el turbulento siglo XIX español, plagado de guerras civiles, difícilmente pudieron cuajar unos únicos símbolos nacionales (bandera, himno, etc.), aceptados por lo que se ha venido en llamar las dos Españas, presentes desde el inicio de este siglo. No obstante, a pesar de estos antagonismos y de la visión excluyente y patrimonial que en ocasiones se impuso a todos los españoles, como por ejemplo con la abolición de los fueros en el caso del País Vasco en 1876, los hechos demuestran de forma tozuda que a lo largo del proceso de construcción nacional de este siglo encontramos más ejemplos de unidad que de segregación.
Hay un proyecto de Estado y de nación, que arranca del liberalismo gaditano, remodelado y consolidado por el moderantismo y por la Restauración alfonsina, aunque tenía éste muchas carencias debidas en parte al atraso económico y desigual desarrollo de las distintas regiones, al lastre eclesiástico y a la falta de una sociedad civil fuerte. Se mantuvo la preeminencia del factor religioso como seña y aglutinante esencial de la comunidad. Tampoco se ha de olvidar que el modelo del nuevo Estado concebido por el liberalismo más radical, marginado desde los años cuarenta del siglo XIX por las nuevas oligarquías moderadas, tenía como bases la descentralización y el municipalismo como expresión de la representación y de la soberanía nacional.
No es posible llegar a conclusiones certeras a la hora de analizar el nacionalismo español si renunciamos de entrada -como hace el autor- al trabajo de archivo y si antes no hemos realizado un estudio sistemático sobre la conformación del Estado liberal y de las instituciones nacionales que lo configuran, que todavía no se ha llevado a cabo. No es suficiente constatar la escasa eficacia del proceso nacionalizador estatal, y por lo tanto la débil identidad española, si nos fijamos únicamente en el modelo francés, que es irrepetible,,ideal y excepcional. Al" final sólo nos queda "la prueba del nueve" para demostrar la existencia de España como nación.
En todo caso hay que tener muy claro las distintas formas de identidad explicitadas en cada momento histórico del siglo XIX que no siempre son incompatibles, como impone -simplificando los hechos- la historia oficial nacionalista. Por ejemplo, no había incompatibilidad en sentirse catalán y español durante la Guerra del francés de 1808, o cuando los voluntarios catalanes de Prim, vestidos con la barretina, participaron en 1859-1860 en la conquista de Tetuán en la llamada guerra de África. A lo largo de la mayor parte del siglo XIX -por lo menos hasta 1868- el doble patriotismo fue compartido en Cataluña por gran parte de sus gentes.
El problema del nacionalismo identitario consiste precisamente en pensar el concepto de nación dándole un cariz esencialista, inmutable, único y excluyente, que se impone a todos los habitantes por igual, por encima de los derechos individuales, como recreó el romanticismo conservador o impuso el mismo franquismo.
En el caso de la España actual, país que forma parte de la Unión Europea, cada vez más el ciudadano está inmerso en un ámbito de lealtades plurales, o cruzadas, que son todas ellas compatibles y no se excluyen entre sí. Como ha señalado, Umberto Eco, "el hombre del siglo XXI será cada vez más un hombre mestizo, rico en identidades y de pertenencias múltiples".
Nos encontramos ante un ensayo que suscitará el debate entre los historiadores y obligará a emprender otras investigaciones para clarificar algunos puntos oscuros insuficientemente tratados en el libro.

Antonio Moliner Prada

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